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Se muestran los artículos pertenecientes al tema Literatura.
24/04/2005
La locuraSe afanó en olvidar, en virar su mente hacia otro rumbo, hacia aquél que le permitiera abandonar ese puerto que sólo le traía dolores y atracar en otro distinto, con nuevas ilusiones, nuevas caricias. Pero no era fácil, su timón obedecía torpemente sus órdenes y los recuerdos rodeaban su mente como las fuertes olas lo hacen con una embarcación. Quiso saltar, cuando la desesperación ya le podía, cuando era incapaz de abandonar aquel rumbo. Y lo intentó porque sabía a dónde le iba a dirigir, sabía cuál era el punto final al que le llevaría ese rumbo: la locura. Pero no lo logró. Probó con el bote salvavidas, el alcohol, pero sólo le funcionó unos instantes, después volvió a ver los mismos paisajes abismales y caóticos, cumbres de desesperación y valles de depresión, volvió a verle la cara a la locura. La miró a los ojos, la escrutó, y quedó prendado. La locura era bella, deslumbrante, prometía placeres que él, en ese momento, no pudo (o no supo) rechazar. Así que se abandonó, se tumbó en la proa y decidió dejarse llevar por ese demente rumbo, arrojarse a los brazos de una locura que por fin lo haría libre, libre. La corriente lo llevó, tranquilo, y él comenzó a acostumbrarse a esos fantasmales paisajes, e incluso le comenzaron a gustar, a atraer. Tanto fue así que cuando hubo llegado al fin del trayecto la locura ya era para él la mejor opción. Su salvación. Ya estaba dentro de él.
22/04/2005
El VentanalVoy a necesitar toda la ayuda. Las hojas caen y ya vuelan por toda la ciudad tapizando su suelo de un color pardo que me sume en una espiral de desesperación. Mientras tomo mi café, ese café, el mismo que tiempo atrás tomé, la misma taza, el mismo nudo en la garganta, en el mismo sitio, ante el ventanal que da a la plaza y que es como una claraboya que accede a mi interior. A través de él lo veo todo, lo que quiero y lo que no quiero. Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo. Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú. Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube sino en todas ellas. Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
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