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26/04/2005
Hola. Escribo esto para deciros que me he mudado de blog a otro más atractivo y con mejor imagen. Mi nueva dirección es www.blogs.ya.com/encorazonado
He pasado ahí todos los contenidos que tenía en este blog y ahora empezaré a publicar cosas nuevas. Siento las molestias y espero que sigais visitándomes. Un abrazo
25/04/2005
 Quizá me esté poniendo un poco pesadito con el tema, pero es que estoy enamorado del disco de Iván Ferreiro así que no puedo evitar poneros otra letra de una de las canciones. Se trata de la letra de Turnedo, un auténtica maravailla de descripción sobre una ruptura sentimental. Todos hubieramos firmado poder escribir algo así cuando nos ha pasado. Espero que os guste: - Desde aquí, desde mi casa veo la playa vacía ya lo hace unos días ahora está llena de lluvia y tú ahí sigues sin paraguas sin tu ropa, paseando como una tarde de julio pero con frío y tronando ¿se puede saber qué esperas? ¿que te mire y que te seque? Que te vea y que me quede tomando la luna juntos la luna, tú y yo expectantes a que pase algún cometa o baje un platillo volante y la playa llora y llora y desde mi casa grito que aunque pienso en abrazarte que aunque pienso en ir contigo el doctor me recomienda que no me quite mi abrigo que no esté ya más contigo y yo no puedo negarme pues el tipo soy yo mismo estudié mientras dormías y aún repaso las lecciones una a una cada día yo no puedo aconsejarte ya es muy duro lo que llevo dejemos que corra el aire y digámonos adiós
24/04/2005
 Llevo varios días sin parar, sin estar quieto ni un momento. Es lo que tienen los días posteriores a un encargo. He dormido en cuatro apartamentos distintos por toda la zona norte, toda precaución es poca. Desde la dirección me han ido mandando instrucciones en las que me dejaban claro que iban a por mí, por lo que debía permanecer escondido durante un tiempo prudencial. Esto es horrible, me siento como un pájaro enjaulado. Ayer salí un rato, sólo para que me diera un poco el aire. El vecino de arriba, un gordo horrible, me miró con muy mala cara y a mí me entraron los nervios y volví al piso. Echo de menos a E y el trabajo, necesito un nuevo encargo. No sé cuánto me quedará para poder volver al escenario. Odio estos días en blanco enclaustrado en apartamentos desconocidos, inhospitos y tremendamente fríos. Por cierto, sigo sin oir bien del todo, aunque sigo recobrándolo poco a poco. Esto es otra putada más que empeora mi situación. Mañana debo abandonar la ciudad, no sé cuál será mi destino. Se afanó en olvidar, en virar su mente hacia otro rumbo, hacia aquél que le permitiera abandonar ese puerto que sólo le traía dolores y atracar en otro distinto, con nuevas ilusiones, nuevas caricias. Pero no era fácil, su timón obedecía torpemente sus órdenes y los recuerdos rodeaban su mente como las fuertes olas lo hacen con una embarcación. Quiso saltar, cuando la desesperación ya le podía, cuando era incapaz de abandonar aquel rumbo. Y lo intentó porque sabía a dónde le iba a dirigir, sabía cuál era el punto final al que le llevaría ese rumbo: la locura. Pero no lo logró. Probó con el bote salvavidas, el alcohol, pero sólo le funcionó unos instantes, después volvió a ver los mismos paisajes abismales y caóticos, cumbres de desesperación y valles de depresión, volvió a verle la cara a la locura. La miró a los ojos, la escrutó, y quedó prendado. La locura era bella, deslumbrante, prometía placeres que él, en ese momento, no pudo (o no supo) rechazar. Así que se abandonó, se tumbó en la proa y decidió dejarse llevar por ese demente rumbo, arrojarse a los brazos de una locura que por fin lo haría libre, libre. La corriente lo llevó, tranquilo, y él comenzó a acostumbrarse a esos fantasmales paisajes, e incluso le comenzaron a gustar, a atraer. Tanto fue así que cuando hubo llegado al fin del trayecto la locura ya era para él la mejor opción. Su salvación. Ya estaba dentro de él.
22/04/2005
Voy a necesitar toda la ayuda. Las hojas caen y ya vuelan por toda la ciudad tapizando su suelo de un color pardo que me sume en una espiral de desesperación. Mientras tomo mi café, ese café, el mismo que tiempo atrás tomé, la misma taza, el mismo nudo en la garganta, en el mismo sitio, ante el ventanal que da a la plaza y que es como una claraboya que accede a mi interior. A través de él lo veo todo, lo que quiero y lo que no quiero. Pero siempre primero lo que menos me gusta, lo que me hacer hundirme un poco más en la taza humeante que tengo ante mí. Injusticia, el pan de los cobardes y la comida nuestra de cada día. Intolerancia, el elixir de los débiles mentales y el grillete de los que aspiramos a la libertad. Soledad, el pozo oscuro de los eternamente románticos, nuestro mayor castigo. Tras toda esa desolación que rastrilla mi alma, cuando ya diviso los posos en el fondo de mi debilitado café, después de un tiempo incontable e infructuoso intentando encontrar sentido a su dispersión, convengo con el sobre del azúcar, audaz y fantástico oyente, que sólo hay un remedio y una solución, quizás un antibiótico para el virus de la realidad, y no es otra cosa que tú. Y es entonces cuando ese ventanal, mi ventanal se va llenando de ti. Apareces desde una de sus esquinas y mientras el sobre azucarado y yo damos gracias por ello vas llenando el espacio hasta formar un lienzo de deseo y ensoñación. Y entonces, aunque sólo sea durante un par de horas vivo fuera de mí, no en una nube sino en todas ellas. Cuando el efecto se me pasa vuelvo a la misma mesa, frente al mismo ventanal, con la misma taza y, por supuesto, con el mismo sobre de azúcar, mi mejor amigo, mi colega de cruzadas contra la insoportable realidad.
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